Pero, ¿qué es realmente eso de “ser mujer”?

 

Supongo que todo ser humano necesita saber quién es, asociar a ese elemento integrador que es el propio nombre un conjunto de rasgos, meter un montoncito de características en ese cajón con etiqueta: “Yo, Pepita: activa, buena para las matemáticas, torpe para los idiomas, de ascendencia magrebí” . Por ejemplo. Y lo mismo con el resto del mundo. Ni que decir tiene que de lo primerito que va a parar a ese cajón, junto con “a los cuatro meses empecé con las papillas” o “lloro mucho”, es “soy niña” o “soy niño”.

            (Y no, claro que no, tan políticamente correctos no solemos ser a la hora de pensarnos y de pensar a nuestros semejantes; que una cosa es escribir un artículo y otra bien distinta andar por ese laberinto que es la vida).

            Nos sabemos mujer, nos sabemos hombre. ¿Qué quiere decir eso? Más allá o más acá de lo biológico -y a veces en discordancia con ello- nos pensamos mujer o nos pensamos hombre; pensamos a ese ser humano que tenemos enfrente mujer o lo pensamos hombre. Pero, ¿qué es “pensarse mujer” o “pensarse hombre”? ¿Cómo se construye la identidad de género?

            Para que haya identidad, de entrada, tiene que haber diferenciación: yo soy yo, tú eres tú, somos dos personas y no una. Las diferencias permiten saber que el otro no es nuestro reflejo en el espejo; lo idéntico es lo que no es distinto.

            Y de las diferencias entre seres humanos,  la sexual es obvia y por tanto parece estar casi inevitablemente abocada a ser emblema e insignia de otras diferencias; es decir, parece que en todas las sociedades existen las categorías de lo femenino y de lo masculino, aunque caracterizadas de forma diferente. Así, lo esencial sería la diferencia (sexual y, construída sobre ella, de género) y lo accidental la manera de conceptualizarla: aquí, las mujeres son quienes van a cazar y los hombres cuidan de los bebés, allá es al revés; acullá, las mujeres se dedican a las profesiones relacionadas con el cuidado y los hombres  se disputan el poder, y así.

El problema es que tradicionalmente la marca de género ha venido implicando un juicio de valor; demasiado a menudo, hasta hace cuatro días si no hasta hoy,  un signo negativo centellea dolorosamente como en letras de neón al lado de la palabra “mujer” y otro positivo se da por supuesto al lado de la palabra “hombre”.  Ser  mujer = ser menos; ser hombre = ser más.

Ante este esquema, claro, la primera posibilidad es decir “yo también”: tratar de incorporar los valores considerados “masculinos” en nuestra sociedad sin cuestionar su validez, y por ahí empezamos, bueno, por ahí empezaron aquellas primeras sufragistas a las que nunca estaremos suficientemente agradecidas (y agradecidos, que pocas veces se reconoce lo que el movimiento feminista ha hecho por los hombres).  Y desde nuestro acceso al voto, el movimiento en esa dirección ha sido imparable, hasta llegar a la situación actual de  igualdad- al menos teórica- de derechos: a nadie en la sociedad occidental le cabe ni la más mínima duda de que es imprescindible que tengamos acceso a todas las esferas de la vida pública y  política,  de que es irrenunciable la conquista de la no discriminación; el feminismo es, cada vez en más países, un feminismo de estado. ¿Quiere esto decir que está todo hecho? Claro que no. Para empezar, porque el mundo no se reduce a nuestra ¿privilegiada? islita occidental; y para seguir, porque hay que seguir luchando para que esos derechos reconocidos por nuestras constituciones se respeten y para que las declaraciones de intenciones no se queden en un mero qué modernísimos somos.  Y todavía tenemos mucho trabajo por hacer.

Pero tampoco hay que minimizar los logros, ni olvidar que ya sabemos que no somos menos y que somos libres, y que se reconocen ya, al menos en el papel, nuestros derechos y nuestra valía. Y pienso que tal vez ahora, después de todo el camino recorrido,  cuando ya tenemos claro que los géneros son una construcción cultural y por tanto castillos de naipes que  pueden salir por los aires a la menor volada de lucidez, cuando sabemos que la cosa va de existencia y no de esencia y nos hemos hecho todas y todos, quiero creer al menos, un poco más libres, cuando ya los chicos lloran y las chicas deseamos, tal vez, digo, podamos pararnos un momento a descansar de las reivindicaciones y escucharnos, y pensar quiénes somos las mujeres reales de aquí y ahora, tú, yo, con nuestra identidad ya construida, como bagaje y lastre, por nuestras familias, la escuela, la sociedad, nuestros encuentros y nosotras mismas, y ver qué hay de valioso en esa identidad. ¿O tenemos que dedicarnos todo el tiempo a ver quiénes deberíamos ser?

No existe la mujer, existimos las mujeres individuales, y no existe un modelo de mujer, sino una multiplicidad de opciones, pero tal vez la civilización que habitamos y nos habita, al dotarnos a todas con una identidad de género que en algún grado nos es común, hace que tengamos algunos rasgos que nos hermanan, al menos a muchas; tal vez, entonces, como muchas sentimos, exista un “ser mujer” aquí y ahora que es distinto de “ser hombre” aquí y ahora. Una forma en que la diferencia sexual, no entendida como esencia metahistórica sino como “significante fluctuante”, por utilizar el término que manejan algunas feministas italianas, se ha concretado en nuestro presente.

            Si aceptamos en estos términos la existencia de una identidad femenina, no como marca metafísica inamovible sino como suceso, y no como deber ser sino como realidad (muy importante esto, porque qué tristísimo sería que alguien pudiera entender este ser mujer que nos ocurre como un “así hay que ser”, qué terriblemente masculina esa lógica pero qué difícil sustraerse a ella), tal vez podamos pensar en femenino y empezar a valorar-y a hacer valorar- todo eso que muchas somos y que tan poco se cotiza...

            ...sí, sabéis a qué me refiero aunque sea tan difícil de nombrar (no en vano acabamos de conquistar la palabra, como aquel que dice), ¿verdad?: todo eso que hace que tantas mujeres escojan, más o menos conscientemente, mantenerse alejadas de los recintos de poder donde la valía de cada cual parece medirse por la longitud del discurso, donde hay más competencia que colaboración y donde el individuo no tiene espacio para ser; todo eso que tal vez podamos llegar a formalizar en un orden simbólico alternativo, el llamado orden simbólico de la madre, pero que, entretanto, y aún sin simbolizar,  nos permite dar sentido a nuestro trabajo, mantener relaciones de calidad y partir de nuestro deseo.

            No sé qué es ser mujer, salvo que es distinto de ser hombre, y que entraña unas especiales potencialidades de felicidad si una consigue escapar a la lógica masculina y partir de sí.  Y ni que decir tiene que también se aceptan artistas invitados, y que también cada hombre puede ser un poco más mujer. 

 

 

                                                                                 

20 de abril de 2001.

María Jesús de Miguel Vélez, de la Confederación de STEs