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Bullying: violencia interpersonal
José María Avilés Martínez
Responsable de Salud Laboral de la Confederación de STEs

Con cierto artificio, que si no fuera acostumbrado pensaríamos que es hipocresía, la socidad separa y valora los distintos tipos de violencia a nuestro alrededor. Reaccionamos de muy distinta forma ante la violencia de sangre que ante aquella que denominamos de baja intensidad. Todavía nos escandalizan, tal vez cada día menos, la tozudez de nuestras estadísticas: las casi cien mujeres asesinadas a manos de sus parejas cada año, los ancianos que son maltratados por la carga que suponen, de niños/as abusados/as; el bullying en nuestros centros escolares: un 6% de nuestro alumnado reconoce ser agresor/a de sus propios compañeros/as de forma sistemática y otro 6% víctima de ellos; el 20% de población trabajadora afectada por mobbing en el lugar de trabajo; incluso las formas recurrentes de violencia con que los medios nos informan diariamente. El terrorismo o la guerra sólo son un ejemplo.

Cuando suceden y nos las sirven en los medios, nos sobresaltamos y nos escandalizamos mientras que están en ellos, pero después, quizás nos acostumbramos a ellas y nos hacemos más insensibles o incluso las creemos inevitables. Tal vez pensemos que el ser humano no termine de aprender donde corresponda cuáles sean las reglas de juego de la convivencia internacional, social, grupal, laboral, escolar o familiar. O que esas reglas nadie las enseñe específicamente y “la vida” las va prestando a cada cual a porrazos y en los ámbitos en los que cada uno se mueve. Pero no nos engañemos, esas formas de violencia tienen algo en común, independientemente de quien las practique y los lugares donde se produzcan: el ejercicio abusivo del poder, el establecimiento del esquema dominio-sumisión entre las partes que no saben, no quieren o no pueden gestionar de forma adecuada la relación. El caso de Jokin es sólo un ejemplo. Hablamos de gestión adecuada de los buenos tratos frente a imposición abusiva de poder. Y esto, quizás por mi perfil docente, tengo que decir que se aprende y desde muy pronto.

El ser humano aprende a integrar su relación en ámbitos de socialización básicos, la familia, primero, y luego la escuela y el grupo de iguales. De ellos toma claves que le permiten comprender y le ayudan a encauzar de forma adecuada o no sus relaciones interpersonales, todo ello unido a los componentes constitucionales de cada cual. La acción educativa de la familia en casa, y del profesorado en la escuela, tienen un papel decisivo en el establecimiento de las buenas o malas pautas de gestión de la convivencia interpersonal y de la competencia social de los individuos. Como docentes o como padres y madres, debemos ocuparnos de esos comportamientos, porque haciéndolo estaremos previniendo conductas inadecuadas posteriores en otros ámbitos, sean estos, privados, grupales, laborales o sociales.

Uno de estos comportamientos, hoy en el debate social tras los hechos de Hondarribia, es el del bullying escolar. Cuando hablamos de bullying nos referimos a esos casos de matones escolares que, con la intención de humillar y someter abusivamente a una víctima indefensa, la agreden de forma repetida y mantenida en el tiempo, siempre lejos de la mirada de los adultos/as, a través de agresiones físicas, verbales y/o sociales con resultados de victimización psicológica y rechazo grupal que, en ocasiones, pueden conducir al suicidio. Pero, ¿por qué preocuparnos ahora del bullying si ha existido siempre? Es cierto, toda la vida han existido víctimas que recibían los ataques de los agresores de turno. Si recordamos nuestra escolarización les pondremos cara y nombre. Tan interiorizados tenemos estos hechos, que hemos oido: “Así te harás más fuerte, así espabilarás”. “Nosotros también lo sufrimos y aquí estamos”. “Son cosas de chicos/as”. “Aprende a defenderte por ti mismo”. “Tú no les hagas caso”. Esto no es más que la minimización social del maltrato, su consentimiento. Pero, ¿quizás, después de lo de Jokin, pueda ser de otra manera? ¿Se está produciendo en la sociedad un debate mesurado sobre el tema, un encuentro centrado entre la sociedad y su escuela en el que canalizar y situar las culpabilidades en la esencia misma de nuestra sociedad y no sólo en su escuela que no es más que reflejo de los valores de aquella? Sí, porque el bullying es un proceso social, con un contenido grupal importante. Surge del grupo social y éste lo mantiene por acción o por omisión. Ahora tendríamos que decir, por imitación y por aprendizaje vicario de la sociedad en la que vive. Por eso afecta a todos/as sus componentes: víctimas, agresores/as o espectadores/as: porque una agresión mantenida en el tiempo tiene secuelas para las víctimas en su vida futura, respecto a cómo se perciben, cuánto se valoran y qué capacidad se atribuyen para tener éxito en sus relaciones interpersonales; porque el abuso que ejerce el agresor con éxito y sin coste, le enseña a relacionarse con los otros de esa forma, a conseguir los objetivos así; porque aprender a mirar para otro lado cuando alguien sufre injustamente ante nosotros, legitima la acción de los agresores/as y rebaja nuestro umbral de tolerancia a la violencia.

Pero, ¿son estos procesos, sucesos que sólo se dan en la escuela? La respuesta a esta pregunta nos sitúa aún más en el núcleo de la sociedad. ¿Cómo pretendemos exigir luego que se eduque en la solidaridad y la cooperación si socialmente no somos solidarios y no cooperamos?

Porque si estamos en contra de la violencia de género, o no admitimos el mobbing como práctica de poder o salimos a la calle para protestar contra la guerra de los países “abusones” sobre poblaciones indefensas, el bullying no es más que un escenario donde actúan algunos de los personajes que después ejercerán el maltrato en otros espacios. Por esto debemos preocuparnos y ocuparnos de esos hechos.

Porque, aunque nos tranquilice la conciencia la diferenciación cualitativa que hacemos de las violencias, rechazando unas y consintiendo otras, debemos intervenir abordando el bullying en las familias y las escuelas. Enseñar a los chicos y chicas que esas formas de ejercicio del poder no son admisibles, que las rechazamos y que socialmente son indeseables. Con ello estaremos haciendo prevención contra la violencia en otros ámbitos como el familiar, en el trabajo y en general, en la sociedad.


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